Un día en Mdina, la antigua capital de Malta

Erigida en lo alto de una colina de región central de Malta, la historia de Mdina se remonta a más de 4.000 años atrás. Por sus sinuosas callejuelas han pasado fenicios, cartagineses, romanos y hasta San Pablo. La quietud y la serenidad que serpentean por la ciudad y que dan la razón a su apodo, «Ciudad del Silencio», ofrecen una experiencia única a quien acude a visitarla.

La primera ciudad fortificada de Malta con una riqueza arquitectónica excepcional gracias a la fusión entre las corrientes medieval y barroca. Mdina da la bienvenida a sus visitantes a través de una majestuosa puerta barroca y la mejor manera de descubrirla es paseando por sus estrechas calles, recorriendo el palacio de Vilhena, sus mazmorras o sus pequeños comercios de joyería y piezas de vidrio hechas a mano. Su ambiente único envuelve a la ciudad de un aura excepcional que no dejará indiferente a nadie.

Sin duda, el lugar más importante tanto para los lugareños como para los turistas es la catedral de la ciudad. Esta iglesia metropolitana barroca, situada en la plaza de San Pablo, es el punto neurálgico del archipiélago. Fue construida sobre los restos de una catedral normanda levantada en la época medieval y destruida por un terremoto a finales del siglo XVIII. La iglesia, dedicada a la conversión de San Pablo, actualmente cuenta con 13 capillas y cinco monumentos además de su imponente cúpula colmada de frescos y pinturas que representan la vida de apóstol y que son, cuanto menos espectaculares.

Después de visitar la catedral y recorrer la plaza de San Pablo, el Palacio Falson es otro de los puntos de referencia de la ciudad que permiten conocer cómo eran las casas nobles en el periodo medieval. También denominada Casa Normanda, es una de las edificaciones más antiguas que aún se conserva en Mdina. Un auténtico palacio medieval de dos plantas y estilo siciliano que fue construido en el siglo XIII y que, apesar de la combinación de los estilos arquitectónicos debido a las diversas intervenciones a lo largo de los años, todavía proporciona una buena idea de cómo eran las casas nobles al término de la época medieval.

Para completar la experiencia en la ciudad no hay que olvidarse de probar el máximo exponente de la gastronomía del país, los Pastizzi. Este producto típico de panadería elaborado a base de hojaldre relleno de queso ricota o pasta de guisantes es ideal para reponer fuerzas y continuar con el viaje por la isla ya que todavía quedan por descubrir tesoros escondidos en los alrededores de la ciudad. En la cercana Rabat se encuentran las Catacumbas de Santa Agatha, las de San Pablo o la Domus Romana. Y, a apenas 15 minutos se encuentran los acantilados de Dingli, una auténtica joya natural, desde donde se puede observar la pequeña isla de Filfla y se sitúa la pequeña capilla de Santa María Magdalena.

Más información: http://www.visitmalta.com