Seis paraísos de arena negra donde celebrar el desconfinamiento

Desde el pasado lunes 11 de mayo, las ocho Islas Canarias se encuentran en la fase 1 de la desescalada (aunque tres de ellas ya lo estaban—La Gomera, El Hierro y La Graciosa—).

Por eso, aprovechamos para señalar seis paraísos de arena negra en Canarias que debes apuntar en tu lista de deseos viajeros para cuando entremos en la llamada «nueva normalidad» y se retomen los vuelos entre las islas y la Península.

  • Ajuy (Pájara, Fuerteventura)

Nos encontramos, geológicamente, en la costa más antigua de Canarias, en un monumento natural formado por sedimentos marinos que datan de la época en la que chapoteaban los dinosaurios. Tras el recorrido a pie por las grutas, uno puede relajarse en la anchísima playa, mitad de callao (piedrecillas) y mitad de arena no pegajosa. Por este arenal, los normandos Jean de Béthencourt y Gadifer de La Salle emprendieron, en 1402, la conquista de la isla de Fuerteventura para la Corona de Castilla. Mejor zambullirse solo con mar calmo, puesto que carece de socorrista. En Ajuy son celebrados sus restaurantes de pescado, en especial La Jaula de Oro.

  • Las Cuevas del Trigo, en Granadilla de Abona (Tenerife).

Esta playa virginal de arena finísima se esconde en el extremo del monumento natural de Montaña Pelada. Su ancha franja dispone de recovecos que aíslan del permanente viento alisio, que hace girar el aledaño parque eólico del Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (iter.es). Ofrecen un Paseo de Energías Renovables (gratuito) y alquilan 24 casas bioclimáticas, aunque en estos momentos ambas opciones, según cuentan, están paralizadas a la espera de la evolución de la desescalada.

  • Charco Verde (Los Llanos de Aridane, La Palma)

Rodeada de plataneras, el primor y calado de esta playa con bandera azul se miden en su belleza escasamente urbanizada, en su sector de arena (separado por un roquedo del tramo pedregoso), en la Cumbre Vieja por donde transita la Ruta de los Volcanes. Suelen disfrutarla alemanes y escandinavos. Aquí se siente el pronunciado escalón al poco de entrar en el agua, que habrá que evitar en cuanto se desatan las marejadas; no suele registrar corrientes. La toponimia de Charco Verde está ligada a los juncos que orlaban los pozos de agua medicinales situados en su parte trasera.

  • El Ancón (La Orotava, Tenerife)

En la isla de Tenerife, para encontrar lo salvaje es preciso caminar. Y como el acceso a la playa de Los Patos lleva demorándose más de un lustro, optamos por su hermana, apoyada en la punta del Ancón, bajo acantilados que imponen por su dramatismo y abierta a un mar que da respeto (cuenta con socorristas en verano). Mejor evitar las pleamares, y regresar de la arena sin dejar rastro, con nuestra bolsa de basura. El coche se deja justo antes de llegar al restaurante San Diego, de estupenda cocina canaria. Para llegar hasta la playa, después hay que seguir las indicaciones durante 1,5 kilómetros.

  • La Cueva (San Sebastián de La Gomera)

Antes de abandonar la isla de La Gomera, tras negociar curvas a tutiplén, cabe relajarse en este arenal urbano, ubicado a solo 250 metros del muelle de los transbordadores. Su orientación norte, con el Teide a la vista, pide desconfiar de las marejadas pese a la protección del espigón. Luce bandera azul, y quien camine hasta la punta de La Hila descubrirá en lo alto el monumento a la Antorcha Olímpica (1968).

  • Las Malvas (Tinajo, Lanzarote)

Uno se planta en Las Malvas con el aire reverente de quien está tocando casi con los dedos el parque nacional de Timanfaya, donde una veintena de volcanes entraron en erupción en 1730. Unos 600 metros antes de llegar a la playa de La Madera —donde termina la pista rodada— está el camino de acceso a Las Malvas. La playa, ancha —mejor en bajamar— y prístina, tiene en su haber unas cuevitas que resguardan del sol. No es raro compartir estas soledades fragorosas con pescadores, algunos a bordo de kayaks de mar. Es recomendable bañarse solamente cuando hay mar encalmada.