Formentera: Naturaleza en estado puro

La menor de las Pitiusas es como un oasis de paz y bienestar merecido en el Mediterráneo. Un paraíso natural que invita a relajados paseos a pie o en bicicleta por su centenar de kilómetros de vías verdes; a escuchar la celestial sinfonía de los pájaros en sus rutas birding; o a sumergirse en las cristalinas aguas “azul Formentera”, esa transparencia única en el mundo que le otorga la Posidonia Oceánia, su tesoro submarino. Respirad profundamente y empezad a disfrutar… de forma segura.

Salvaje, tranquila y serena belleza; así es Formentera. Una experiencia slow que comienza en el mismo momento de subir al ferry -único modo de acceder a la isla- y empezar a olvidarse de las prisas y el estrés de nuestra vida cotidiana. Además, el hecho de ser el primer destino español en iniciar la desescalada -junto a tres islas canarias- le permitió también ser el primero en ir adaptando esas medidas de seguridad imprescindibles en la “nueva normalidad” que hemos empezado a vivir. Un auténtico “laboratorio” de nuevas experiencias turísticas que apuesta por la sostenibilidad con una de sus grandes señas de identidad.

Nada más poner pie en tierra en La Savina, su puerta de entrada, uno es consciente de estar en un lugar distinto, especial. Con más bicicletas que coches, no solo se restringe su entrada en verano sino que se premia a los que son eléctricos, favorecidos por multitud de zonas de recarga gratuitas y también con gratuidad en los parkings.

Sus escasos 20 kilómetros de largo de oeste a este, de La Savina a El Pilar de la Mola, la convierten en muy asequible tanto a pie como pedaleando. Y la mejor manera de descubrir su interior a través de sus 130 kilómetros de rutas verdes, distribuidas en 32 itinerarios en los que perderse… para reencontrarse con uno mismo.

Otra ruta que cautivará a los amantes del turismo al aire libre es la de “birding“, que este año ha incorporado una nueva señalización ornitológica: es el Camí des Brolls; una senda de 4,3 kms que recorre el perímetro del Estany Pudent, uno de los humedales con mayor valor biológico del Parc Natural de ses Salines. Allí, ocho paneles informan sobre el valor natural del área y las más de 200 especies de aves migratorias censadas; y una pantalla de observación permite admirar muchas de ellas. Con calma, en respetuoso silencio. Aunque en la isla hay otros lugares donde disfrutar del avistamiento de pájaros, como los islotes de Es Freus -brazo de mar que separa Formentera de Ibiza- santuario de aves marinas; la meseta de la Mola o la Planicie del Cap de Barbaria.

Los más activos pueden dar rienda suelta a sus inquietudes deportivo-terrestres al aire libre con la Ruta Running, señalizada desde la zona de Levante y rodeando el Estany Pudent. Y los amantes de la cultura hallarán en las Rutas Patrimoniales la manera de descubrir y admirar 14 interesantes elementos de esta isla, de apenas 84 kilómetros cuadrados; como el sepulcro megalítico de Ca Na Costa, el yacimiento arqueológico más antiguo de las Islas Baleares, del año 2.000 a.C.

Pero Formentera son también -¡cómo no!- playas y calas. Las hay para todos los gustos en sus 69 kilómetros de litoral; unas de arena blanca y otras rocosas. Destaca Ses Illetes, al noroeste, siempre en el top mundial. Un poco más al norte de esta, la de Llevant, mirando al este, y Cavall d’en Borras, a poniente, mucho más tranquila y salvaje. Al norte, las playas de Es Pujols (primera playa sin humos) y Sa Roqueta están cerca de la población que acoge la mayor parte de oferta hotelera y de ocio de la isla. Al sur, la más larga, Mignorn, 5 kilómetros de playas paradisíacas divididas en playas y calas. Y al noreste, Ses Platgetes, amparadas por Es Caló, villa que aún destila aire de antiguo puerto de pescadores.

Otros de los espectáculos naturales que atesora Formentera son sus amaneceres y atardeceres de ensueño. Madrugar en la pequeña Pitiusa tiene premio: ver cómo el sol irrumpe por arte de magia desde el horizonte mediterráneo en el faro de la mola, al extremo más oriental. Es la zona más elevada de la isla… aunque apenas sean 192 metros sobre el nivel del mar. Para enamorarnos con los románticos atardeceres deberemos desplazarnos al otro lado de la isla, al oeste. Tanto cala Saona como, sobre todo, el Cabo de Barbaria, con sus vertiginosos acantilados, son lugares perfectos para despedir el día, viendo cómo el sol vuelve a acunarse en el horizonte del Mare Nostrum hasta desaparecer, dejando el cielo teñido de su roja estela. ¡Good night Formentera!