EL CAMINO INGLÉS Y LA LLAMADA DEL FINISTERRE

El Camino de Santiago tenía, en los siglos XII al XV, más recorrido en barco que a pie para los peregrinos del norte de Europa. Hoy, disfrutamos de una ruta compostelana cargada de historia que comienza en los puertos de Ferrol y A Coruña.

Es una suerte para A Coruña el verdor que posee su paisaje, fruto de la influencia atlántica, lo que la hace privilegiada para el disfrute del Camino. Pero a este valor hay que añadirle aquel que le confiere la historia de la peregrinación y ser poseedora del punto más occidental de la tierra –según pensaban los romanos– cuando el mundo se acababa aquí.
Cabo Fisterra esconde el verdadero secreto de la Costa da Morte: paisajes agrestes y playas impresionantes. Y la gran atracción de todos los tiempos, la puesta de sol sobre la inmensidad del óceano Atlántico, el mar del fin del mundo.

Ría de Ferrol.

EL CAMINO INGLÉS
El Camino Inglés por A Coruña toma su nombre de la épica travesía marítima a la que se enfrentaban los peregrinos ingleses y también de otros puertos del norte de la Europa costera. Irlandeses, daneses o escandinavos también optaban por el barco.
“Nadie se ríe cuando se embarca para Santiago. Desde que se suben a bordo en Sandwich, Winchelsea, Bristol o allí donde cada uno puede, el corazón empieza a palpitar. Maneja rápida la barca, marinero, que nuestros peregrinos se diviertan un poco, porque antes de la medianoche estarán gimiendo”. Es un párrafo editado del poema medieval The pylgrims sea-voyage and sea-sickness, anónimo y elocuente. Nos ilustra con pavor sobre el reto que era llegar a Santiago en tiempos antiguos. Si las rutas terrestres eran una experiencia dura, esta travesía marítima hasta amarrar en los puertos de Ferrol y A Coruña, era una prueba de fuego impensable en nuestros días. Hoy el Camino Inglés es otra cosa, un itinerario casi exclusivamente terrestre –porque ya muy pocos llegan en barco– y que parte de Ferrol o de A Coruña.
Actualmente los tramos para obtener la Compostela no deberían ser inferiores a 100 kilómetros. Pero desde A Coruña distan al Apóstol sólo 75 kilómetros, cuando desde Ferrol suman 119. Para no perjudicar al puerto de la gran ciudad, que siempre fue el que vio amarrar a la casi totalidad de los barcos, yendo pocos al ferrolano, se admitió que quienes partían del puerto coruñés recibiesen la Compostela en la Catedral santiaguesa si cumplían una de tres condiciones. Una es haber llegado a puerto por mar o por medios terrestres pero habiendo recorrido al menos 25 kilómetros del Camino en su país de origen. Otra opción con benevolencia es ser natural de la región, que condona los 25 kilómetros faltantes. Una tercera opción es caminar del primer puerto al segundo para sumar entonces también más de cien kilómetros, aunque repitamos un tramo que habremos hecho dos veces en ida y vuelta. Estas normas han dado origen a una iniciativa curiosa en Irlanda, el nuevo Camino Celta desde la gran isla ya contempla que allí hay que caminar 25 kilómetros antes de subir al barco. Y lo mismo están haciendo tres asociaciones de amigos del Camino en Brasil.
El Camino Inglés tiene dos comienzos en la provincia de A Coruña, uno de ellos en Ferrol, el otro en A Coruña, donde las rías de Ferrol, Ares, Betanzos y A Coruña dibujan el golfo Ártabro –Magnus sinus artabrorum de las citas romanas–. Hemos comenzado en Ferrol, y la senda sortea las desembocaduras de los ríos Xubia, Eume, Lambre y Mandeo, ya llegados a Betanzos, un paisaje de costa rocosa gallega y bosques. Y de las Mariñas pasamos a Bruma, ascendiendo desde la costa a casi 400 m de altitud en apenas cuatro días por estas tierras de Santiago. Ambos ramales –ferrolano y coruñés– se hacen uno solo ante el Hospital de Bruma. Desde aquí tenemos una jornada tranquila, con apenas dos repechos, hasta Sigüeiro. Es una ruta de pequeños pueblos y carreteras locales, paisajes de pastos, bosques entre cultivos y ganados, puentes medievales sobre algún arroyo en el que refrescar los pies, como el de Pereira. Y no pensemos que caminamos senderos anodinos. En Outeiro, el dintel de la Casa Maldonado registra la pernocta de Felipe II en esta aldea en 1554.
Desde Sigüeiro sólo nos separan de la Plaza del Obradoiro cuatro horas. El primer tramo es arbolado, el trayecto se hace agradable, por pequeñas parroquias y algún inevitable polígono industrial. Ya por Tambre veremos en el horizonte las torres de la Catedral. Entramos en Santiago por Rúa dos Basquiños, hacia Santa Clara y Loureiros a plaza de San Martín Pinario y en la antigua calle de los azabacheros que nos une al flujo de peregrinos que llegan desde Monte do Gozo recorremos los últimos pasos hasta el Obradoiro.

Faro de Fisterra.

DE SANTIAGO AL FINIS TERRAE
Llegados a Santiago, reposados en la Catedral y honorado el Santo… hay ganas de Fisterra. El Camino de Santiago a Fisterra- Muxía es la única ruta jacobea que arranca en Santiago. Porque en realidad el Camino no siempre termina en la Catedral del Apóstol. Esas mismas ganas que nos han dado de seguir hasta el mar de poniente le entraron al clérigo Doménico Laffi, de Bolonia, para llegar al lugar que simbolizaba, en el fin de la tierra conocida, el tramo último de este itinerario mítico que seguía el rastro que marca la Vía Láctea. Un lugar que ya en la época romana alimentaba todo tipo de creencias, ligadas al milagro del Sol, el escenario de un mítico Ara Solis, un altar de adoración.
Y no sólo la actual Fisterra nos alimenta con tanta fuerza telúrica. La tremenda Costa da Morte nos guía a Muxía, con su Santuario de A Barca, monumento pétreo volcado al océano Atlántico e hito final, con Fisterra, de la ruta jacobea. Contaba la leyenda medieval que la Virgen María había viajado hasta Muxía en una barca de piedra para dar fuerzas al Apóstol en su predicación por el inhóspito norte de Iberia.
Este tramo del Camino de Santiago, que une la religión con el mito y hasta con las fuerzas de los astros, transita por pequeñas aldeas rurales, como Ponte Maceira, con su puente medieval y sus molinos, que nos transporta a un pasado reconfortante, como Negreira. Desde ahí se continúa, entre bosques de roble y espacios abiertos hasta Olveiroa. Y en Hospital, que fue refugio para peregrinos en el medievo, la travesía se bifurca hacia la costa.
De frente hacia Muxía, por un camino que serpentea por aldeas de arquitectura tradicional y hórreos. A la izquierda hacia Fisterra, en un recorrido de espacios pelados con descenso abrupto hacia la costa, que aunque cansa las rodillas nos facilita el avance, con el aire marino en el rostro y nos permite conocer magníficas localidades intermedias, como Corcubión.
Y la ruta no acaba para todos en Fisterra con su emblemático faro, allí contemplamos la puesta de sol. Hay quienes deciden seguir al norte por la Costa da Morte, hasta el Santuario de A Barca, siguiendo unos minutos desde Muxía a Punta de A Barca. Optemos por uno u otro final, no quemamos nuestras botas, como antiguamente hacían siguiendo la tradición.

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